El dilema último del profesor

“Una persona libre nunca se pregunta esto que oímos siempre ¿qué va a pasar? Las personas libres tienen que preguntarse: ¿qué vamos a hacer? Porque pasará lo que dejaremos que pase. Nadie vendrá a salvarnos de ninguna parte”.

Estas fueron algunas de las palabras que el filósofo español Fernando Savater profirió en la pasada Feria Internacional del Libro en Guadalajara (México). Es cuando menos curiosa la concepción del intelectual por lo que toca a la libertad. La conceptualización positiva de la libertad se fundamenta en la premisa en virtud de la cual ésta es la capacidad de cualquier individuo de ser dueño de su voluntad y la libertad negativa consiste en la óptica mediante la cual el individuo no posee ninguna clase de coacción a todo aquel que desee llevar a cabo una acción. Sin embargo, la visión de Savater hace confluir ambas facetas y las articula en un solo condicional en el que la libertad negativa es el antecedente de la libertad positiva. La ausencia de salvación de la que habla no es otra cosa sino un grito de guerra contra el destino: si alguien va a hacerme libre, entonces no soy libre sino el objeto pasivo de la compasión del otro. Uno debe construir su propio porvenir mediante su autonomía, y cualquier acción proveniente de un agente externo, incluso si esa acción es pareja a la mía, ya supone una coacción.

Para Savater la ausencia de coerción en el curso del hacer se conjuga en activo: la libertad sólo es posible si se actúa contra toda acción externa, y de ese modo uno puede construir su voluntad. Hay pues una fase previa al acto voluntario, y esa es la creación autónoma en el aquí y ahora de la voluntad.

Hay una fase previa al acto voluntario, y esa es la creación autónoma en el aquí y ahora de la voluntad.

Vemos pues, en cierto modo, una libertad blindada, un abuso circunstancial del yo que en el momento en el que tiene que ponerse en contacto con el mundo mediante la acción deliberada se ciñe en su fuero interno y prescinde de él. Si aceptamos que la identidad en el otro se configura por medio de la acción (mis actos me definen), en una primera instancia la libertad es una renuncia facultativa del mundo.

La libertad es una renuncia facultativa del mundo.

Entendiendo el mundo como el otro, desligarse de él es una de las tareas más formidables del ser humano, y sin embargo sólo puede ser llevada a cabo si ya se forma parte del mundo. La heroicidad del hombre libre radica en la oscilación pendular deliberada que hace su sujeto entre el terreno del yo y del otro. Así pues, sin un yo fuertemente configurado no se puede ser libre. Es precisamente en esta problemática dónde la educación juega un papel fundamental.

En estos términos, la ignorancia se presenta como la borrosidad que impide diferenciar de un modo claro qué es el yo qué no es el yo. Lo que impide la libertad al hombre ignorante es irremediablemente la falta de creación de una voluntad válida en el ámbito del sujeto.

El dilema o la libertad en la educación

La educación es precisamente el elemento agente que predispone al sujeto a construirse. Ya lo dijo Plutarco en cierto modo cuando afirmava que “la mente no es un vaso por llenar, sino un fuego por encender”. Sin embargo, la máxima de Plutarco no contempla la proyección del encendedor y del encendido. 

El problema se encuentra cuando se introduce el concepto de libertad en la relación profesor-alumno cuando éstos son considerados como dos seres independientes entre ellos. Porque si tomamos la definición de libertad de las palabras de Savater, ¿es un alumno libre? O, lo que es lo mismo: ¿puede un alumno crear su propia voluntad?

A mi juicio, esta cuestión no es universalizable. No se puede comprender el ente-alumno como un concepto estático, puesto que la educación consiste en la predisponer a ser libre. Del mismo modo, si un profesor es libre, ¿puede éste escoger no facilitar la tarea de ser libres a sus alumnos?

Mi respuesta a la última pregunta continúa siendo negativa. Si se conviene en la definición dada más arriba sobre la educación, no cultivar el anhelo de libertad y tutelar su desarrollo supondría no educar.

Puede parecer que se esté cayendo en una contradicción cuando se están delimitando las libertades de los entes del acto educativo, pero la cuestión radica en que la delimitación actúa a modo de acotación: puesto que se está definiendo una libertad intersubjetiva y otrificada, crear la estructura adecuada para que ésta se produzca no supone atentar contra el principio de la libertad negativa sino estructurar las discursividades para que ésta pueda suceder. Es necesario remarcar que cuando se habla de la libertad del profesor (que viene definido como aquél que educa) se habla del profesor-libre, no del sujeto-libre; en otras palabras, un profesor solamente puede ser libre en la medida en que cumpla con las cualidades de profesor, sucediendo lo mismo con la figura del alumno.

De este modo, vemos justificado que la libertad del profesor se enraíza en el acto de predisponer al alumno a ser libre. Solamente de este modo la consecuencia de su libertad va a retribuir en forma de reafirmación de su condición porque habrá educado y habrá hecho a una persona libre sin necesitar de esa salvación que tan poco gusta a Savater.

 

 

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