Una escuela de teólogos 

Numerosas son las veces que, debatiendo sobre educación, se me ha dicho que considerar una revolución en el seno de lo educativo es inferir en una falacia o verse en una nostalgia: muchos son ya los proyectos que, sea en nuestro país o en el extranjero, se ocupan de rediseñar el sistema educativo considerando la innovación como punto de viraje. A mi juicio, cualquier revolución debe tener un carácter más o menos revisionista: el hecho de materializar en una praxis una serie de reflexiones implica necesariamente evaluar si el hecho práctico es fiel al planteamiento teórico y, del mismo modo, uno se debe asegurar de que el planteamiento teórico presenta una coherencia con la posibilidad práctica del llevado a cabo general. Sea pues, más de una vez me he cuestionado si realmente hay lugar para una revolución educativa. 

La propuesta educativa de los proyectos mencionados arriba ha supuesto un cambio sustancial por lo que toca a las formas: por primera vez en más de un siglo se está empezando a romper el formato magistral de las clases, de hecho el filósofo danés Søren Kierkegaard ya lo profirió en su ensayo Nuestro Tiempo: la desobediencia de la juventud ya no recae en no tener miedo del maestro, sino en que se dé el proscenio en el cual el alumno y el profesor pueden discutir sobre como un sistema educativo óptimo debería ser gestionado. También por primera vez, el sistema evaluativo está sufriendo una transformación profunda: se está efectuando una transición entre evaluar los conocimientos de los estudiantes a evaluar sus capacidades.

Sin embargo, hay una característica presente en cualquier propuesta de cambio: el aforismo de Kierkegaard es una mera formalidad, y aunque se esté empezando a escuchar a los alumnos, cualquier tipo de transformación proviene del conjunto de los docentes. Escasos (si no inexistentes) son los congresos y encuentros por el cambio educativo en el que se da una voz significativa al grupo de estudiantes (quienes, por cierto, acabarán sufriendo ese cambio). Lo que no es excluyente con la buena fe, intención y profesionalidad de los maestros y maestras. 

La cuestión de la problemática recae en comprender verdaderamente la diferencia entre transformación y revolución: la transformación es un proceso sufrido por un sistema en un momento temporal dado, es la transición desde unos valores y modus operandi a otro. En otras palabras, cuando la transición se efectúe el cambio ya no tendrá razón de ser: la transformación es finita. Sin embargo, la revolución es atemporal. Ésta huye del pensamiento lineal: revolucionarse implica sistematizar la capacidad humana de cuestionar. La revolución es un rechazo a todo sistema, significa concebir el pensamiento como algo en movimiento. 

La revolución es la sistematización de la capacidad humana de cuestionar.  

Aunque sea absolutamente necesaria, la transformación educativa entendida y centrada en cambiar la manera de enseñar no es una transformación educativa: es una transformación pedagógica. Partir del malestar del cuerpo estudiantil y del bajo rendimiento para construir un cambio es algo lineal: si la transformación cumpliera sus objetivos en la mitad de su implementación, esa mitad pasaría a ser el total. En otras palabras, ya no precisaríamos de transformación. Sin embargo, la revolución no tiene mitades, la revolución no parte de unos hechos contrastables y cuantificables per se: parte de la intención de deconstruir el actual sistema educativo y construir uno nuevo, estando esta construcción en perpetuo proceso. Mientras haya tiempo transcurriendo, la revolución no cesará jamás. 

Para concebir una revolución en su ser, es preciso que todos los elementos en ella sufran una deconstrucción autónoma, emancipada: un profesor no debe deconstruir al alumno, es el propio alumno que se tiene que deconstruir a sí mismo. Y esto es aplicable a todos los agentes presentes en el mundo de la enseñanza. La pedagogía es una disciplina que concierne el cuerpo docente: la educación concierne a toda la sociedad, pues la sociedad se conforma gracias a la educación. 

La sociedad se conforma por medio de la educación. 

Un estudiante recibe una pedagogía, pero la educación tiene que reclamarla. La educación no es un currículum, un temario: el espíritu de la educación es el espíritu de la voluntad de querer ser humano. Del mismo modo que Simone de Beauvoir decía que una hembra nace pero una mujer se construye, un Homo Sapiens nace pero un humano se construye. Educar es pues un hecho ontológico, una hazaña que define nuestro ser. De este modo, desarrollar una buena pedagogía es una decisión moral: uno puede desarrollar una mala pedagogía. Sin embargo, por su carácter no moral sino ontológico, una persona no puede educar mal. Desde el momento en que educar significa acompañar en el proceso de ser, educar mal equivale a no educar. 

Educar mal equivale a no educar. 

El hecho de blindar la opción a toda aquella persona que no sea docente de tomar una voz significativa en la revolución educativa es lo que le da el título a este artículo. Vuelvo a acogerme en la terminología de Kierkegaard, él dijo que un teólogo podía fundar una sociedad con el único objetivo de salvar a todos aquellos que estén perdidos. Construir el cambio educativo sin incluir a todos los elementos que lo sufrirán supone un acto teológico: implica asumir que hay personas a las que salvar. La revolución tiene su razón de ser en tanto que contra-cambio: nadie tiene que recibir una salvación, nadie tiene que ser salvado: desde el momento en que nos concierne, tenemos que luchar todos y todas para crear la educación que necesitamos. Y, puesto que nuestras necesidades variarán, el proceso de construcción tiene que ser infinito. A instancias prácticas, dicha revolución, como dijeron múltiples personalidades, empieza en el seno del yo. Cuestionándonos, deconstruyéndonos, reoncibiéndonos para luego hacer lo mismo con nuestras instituciones. 

P.S.: siendo coherente con mi tesis, he decidido ser muy ambiguo con los proyectos del cambio y no he querido mencionar ninguno. Cabe decir que son un elemento fundamental en la revolución que menciono, pero como agente complementario a un proceso personal. La ambigüedad se debe también a que no me concierne a mi catalogarlos, creo firmemente que éste es su deber y, más aún, su deber prioritario.

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