Rich y el reclamo del Otro

Salió por primera vez de la pluma de Hegel. Posteriormente, los filósofos del existencialismo y la vertiente lacaniana del psicoanálisis lo reverberaron y maximizaron. El Otro, ese gran desconocido. A grandes rasgos, el Otro es el conjunto de aquello que se opone al concepto de identidad: cuando un sujeto es, todo lo que no es el sujeto se configura en el Otro. Aunque a lo largo de la historia de la filosofía y el pensamiento el Otro haya sido considerado desde múltiples ópticas, hay una cuestión que se puede generalizar sorteando las aristas que lo han moldeado: para un sujeto que, arrojado en el mundo, se ve forzado a interactuar con el Otro, éste supone en cierto modo una amenaza. La contraposición sujeto-Otro abre paso a una dialéctica constante en la que el sujeto debe reafirmarse perpetuamente en tanto que sujeto a fin de no alienarse en el Otro: para un sujeto yectado en una realidad que supone un Otro fluido (no-estático), adquirir un pensamiento en movimiento resulta la única herramienta para asegurarse su esencia, su calidad en virtud de la cual el sujeto es. Dicho de otro modo, el sujeto sólo puede asegurar su existencia y proyectarla en un futuro por medio de la interacción con el Otro. 

El ser humano es un ser discursivo, y ya Lacan introdujo el concepto del Otro en el registro simbólico-lingüístico. En otras palabras, la única interacción posible entre el sujeto y el Otro es que el sujeto se proyecte por medio de símbolos en el Otro (en el Otro hay los significantes y en el sujeto el significado, por ende en la proyección sujeto-Otro se completa el proceso de significación), trasladando de este modo elementos del Otro al sujeto (según la teoría lacaniana, ya yoizado). Aunque los objetos de los Seminarios de Lacan presentan una estructura sustancialmente más compleja que lo aquí expuesto, ésto nos basta ya para definir a grandes rasgos en qué consiste el proceso de aprendizaje del yo: se trata de la sistematización del proceso mediante el cual el sujeto adopta elementos del Otro reduciéndolo. O, lo que es lo mismo, conocer significa poder reducir el Otro y fortificar el sujeto. 

De este modo, la educación cesa ya de ser un simple acto mecánico de pedagogía: es el hecho de mayor envergadura por lo que toca a la ontología del estudiante. El proceso de enseñanza es conformar la serie de propiedades que constituyen el sujeto de los estudiantes en su esencia misma y qué tipo de relación establecen con su Otro particular. El sujeto es en función de lo que conoce (el aprendizaje es el conocer en movimiento, es la conceptualización de la trascendencia del acto de saber). En este sentido, educar es la actividad más delicada que puede realizar el ser humano. Una educación de calidad acompaña al sujeto en su proceso de conformación de sí mismo y mentoriza la autonomía que debe adquirir el sujeto a fin de mantener con el Otro una relación sana. La calidad de la educación pasa pues de ser una cuestión moral (se debe enseñar bien porque es lo correcto) a una cuestión ontológica (no enseñar bien supone coartar la propiedad de ser del estudiante). 

Adrienne Rich, una excelente poetisa que trasladó al primer punto del orden del día de la poesía americana las cuestiones de la misoginia y homofobia presentes en la sociedad. Sin embargo, la cuestión a destacar de esta grandísima figura es un discurso que dio en el acto de inicio del curso 1977-1978 en el Douglass College de la universidad de New Jersey. Con una fuerte carga de filosofía feminista, Rich señaló una particularidad de la actitud que se debe tomar frente a la educación por parte de los estudiantes que a mi juicio es fundamental tener en cuenta en la lucha por la transformación educativa: el cuerpo estudiantil no debe recibir una buena educación sino reclamarla

Los estudiantes no deben recibir una buena educación sino reclamarla

Vemos un cierto paralelismo con una idea presente en la filosofía de Simone de Beauvoir: la mujer no debe recibir los derechos por parte de los hombres sino conquistarlos por ellas mismas. Cualquier propuesta de transformación profunda en cierto sentido es una declaración de guerra: los afectados por un sistema opresor u obsoleto deben posicionarse firmemente en su lucha por la conquista de unos medios de vida decentes. Enfrentarse a la situación con una insulsa distensión da pie a conductas paternalistas y condescendientes que no solucionan verdaderamente el error estructural. 

Para aquellas personas que consideremos no sólo factible sino necesaria la revolución educativa, el cambio profundo, tomar una postura recta en nuestras convicciones es algo fundamental: lo que está en juego ya no es un aspecto de nuestra vida, sino nuestra existencia en sí. 

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