Ética, moral y Conejos Blancos

Enfrentarse con altura humana al transcurrir cotidiano de la vida. Así plantea Adela Cortina en su Ética mínima la hazaña (más cultural que humana a mi juicio) y el proscenio que se nos abre cuando intentamos condensar en un código una serie de preceptos morales, de normas de conducta. En cierto modo, hay razón en sus palabras. En mi primer post ya dejé intuir  que no nos es posible realizar un giro a lo antropológico sin tener una concepción previa de lo que es el anthropós. Cualquier acto creativo por lo que hace a lo moral, en consecuencia, se diferenciará de una simple antología de normas por el hecho de que dicho código moral obedecerá en cierto sentido a un fin. La verdad, el bien, la justicia: cuando se le dice al ser humano cómo obrar siempre se hace en virtud de un objetivo, de un τέλος (télos, fin). Por razones que me tomarán más de un artículo, a modo de abstracción generalizadora es coherente definir el télos definitivo de toda moral como aquello que nos permite detener por un momento el movimiento de la vida: es la herramienta que, en la pausa, nos dice en virtud de qué normas podemos vivir mejor esa vida que no cesa de transcurrir. En cierto modo, la moral es lo que nos asegura el porvenir; el vivir mejor se profiere en el sentido del vivir en coherencia con nuestro ser: la cuestión de la moral está en ¿qué debo hacer y cómo debo obrar para seguir siendo lo que soy o lo que debería ser? 

La moral es lo que nos asegura el porvenir. 

No hará demasiado tiempo que leí una reflexión del polifacético lingüista Noam Chomsky sobre la industria de la publicidad. En ella decía que la publicidad crea consumidores desinformados que van a tomar decisiones irracionales, como pilar principal de su tesis en la que afirmaba que ellos [las élites de poder] entendieron que era más sencillo crear consumidores que someter a esclavos. Chomsky parecía atribuir la dispersa deriva en la que la sociedad se encuentra en un mero acto de economía del esfuerzo: las élites han decidido reducir los costes del control maximizando su beneficio. En esta aseveración se trasluce la creencia de que a lo largo de la historia la sociedad ha sido conformada por dos organismos independientes: los controladores y los controlados. Si bien es cierto que unos ideales a fin de ser conservados tienden a constituirse en organismos de poder, creo que la cuestión es un poco más compleja que la interacción entre este binomio. El vivir en sociedad en cierto modo precisa de regulación. 

Que el comportamiento del conjunto de consumidores tiende a la compulsividad es a mi juicio un hecho evidente, del mismo modo que la publicidad (lo que incentiva al consumo) se ha adaptado a este modus vivendi. Del mismo modo que los interesados en controlar han adaptado a su vez su metodología al contexto actual. Sin embargo, la forma específica que ha tomado el consumismo no creo que se deba a una intención de control sino a otro hecho: la globalización extrema de la comunicación. En estas dos últimas décadas, la humanidad ha vivido un fenómeno que no se había dado jamás: un exceso de información. Que cualquiera pueda comunicarse cuando y como lo desee provoca a un receptor dado que éste reciba más de lo que puede procesar. 

Que cualquiera pueda comunicarse cuando y como lo desee provoca a un receptor dado que éste reciba más de lo que puede procesar. 

Esto causa una reconcepción del tiempo: para procesar la información con la profundidad con la que se solía hacer, una vida humana ya no basta. Ya no hay tiempo para entenderlo todo. La vida se nos ha hecho corta. Frente a esta angustia, hemos tomado la decisión de seguir intentando saberlo todo. Y, por una cuestión de cantidad, hemos introducido un nuevo término: la inmediatez. Debido a la cantidad tenemos que conocer más rápido, tenemos que informarnos de lo que pasa en el momento en que pasa. Y debido a nuestra capacidad limitada, esto nos ha conducido a simplificar el lenguaje. La inmediatez precisa de economía del lenguaje, de simplificación. Comunicarnos en un modo más claro, más escueto; hemos dominado la síntesis: pero con la síntesis uno se arriesga a no aprehender bien el significado de lo que se está conociendo.

Simplificando la información hemos creado a su vez otro concepto: el ya no poder llegar a lo profundo de lo que se está tratando deja un resto insignificable, algo que debido a la falta de exposición ya no puede ser pensado. Ese resto lo hemos trasladado del registro de lo pensado al registro de lo sentido en carácter de instinto. Lo instintivo ha pasado a ser un elemento crucial en la toma de decisiones. Esto crea a su vez información, es cierto, pero el hecho de que no haya pasado por la reflexión lo almacena en lo inconsciente del sujeto; muchas de las conductas de los individuos de la sociedad actual son fruto de la reverberación de un poderoso inconsciente alimentado por la falta de pensamiento consciente. Cuestión que facilita su control, todo sea dicho. Eso debía querer decir Chomsky con su frase: no estamos desinformados, estamos demasiado informados

La inmediatez precisa de economía del lenguaje, de simplificación. 

Los varios procesos psíquicos por los que un sujeto pasa son de una complejidad abrumadora, y el hecho de que estemos empobreciendo nuestro lenguaje (lo poco que tenemos para conocernos a nosotros mismos) causa que cada vez menos sepamos lo que queremos. En definitiva, nos encontremos a la deriva en tanto que sociedad. Volviendo al tema principal y recuperando el aforismo de Adela Cortina, enfrentarse a una vida que ya no transcurre sino que viaja a la velocidad del sonido supone intentar parar un tren poniéndose delante de él. Lo más probable es que acabemos muriendo. Ya no hay voz para pedir auxilio. La conformación de una moral que se desarrolle en armonía con la realidad de lo humano es imposible en un mundo en el que ya no es lícito pararse. Y menos aún si no tenemos un lenguaje rico con que hacerlo. 

 La conformación de una moral que se desarrolle en armonía con la realidad de lo humano es imposible en un mundo en el que ya no es lícito pararse.

Desde la educación esta cuestión debería estar en el orden del día. La denigración de las humanidades, del conocer la literatura, filosofía, cultura, en fin, toda arte que se desarrolle en el seno del lenguaje sólo hace que perpetuar este sistema de no-saber-demasiado-lo-que-se-hace. En otras palabras, sin dotar a los estudiantes de herramientas con las que se puedan conocer, considerar el cambio educativo es una empresa infecunda. Infecunda, e hipócrita. Quién sabe. 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s